El peso de la vida nos obliga a tres posibles soluciones: distraernos en alguna
actividad, buscar satisfacciones sustitutivas (como el arte), o bien
narcotizarnos.
La religión busca responder al sentido de la vida, y por otro
lado el hombre busca el placer y la evitación del displacer, cosas irrealizables
en su plenitud. Es así que el hombre rebaja sus pretensiones de felicidad,
aunque busca otras posibilidades como el hedonismo, el estoicismo, etc. Otra
técnica para evitar los sufrimientos es reorientar los fines instintivos de
forma tal de poder eludir las frustraciones del mundo exterior. Esto se llama
sublimación, es decir poder canalizar lo instintivo hacia satisfacciones
artísticas o científicas que alejan al sujeto cada vez más del mundo exterior.
En una palabra, son muchos los procedimientos para conquistar la felicidad o
alejar el sufrimiento, pero ninguno 100% efectivo.
La religión impone un
camino único para ser feliz y evitar el sufrimiento. Para ello reduce el valor
de la vida y delira deformando el mundo real intimidando a la inteligencia,
infantilizando al sujeto y produciendo delirios colectivos. No obstante, tampoco
puede eliminar totalmente el sufrimiento.
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