Ella necesita ubicar al hombre en el lugar de la excepción, entonces le da un
estatuto de omnipotencia y dice: “no hay otro igual, él es el mejor”, para luego
barrarlo, hacerlo impotente ante la mínima falla, y así concluir: “todos los
hombres son iguales”.
Lo
que la histérica desconoce en los hombres es su castración, ya que le pide cosas
imposibles. Un hombre no puede colmar totalmente a la mujer, porque la mujer es
No –toda. Barrar al hombre no es sinónimo de admitir su castración, todo lo
contrario. Barrar al hombre es denigrarlo, ridiculizarlo en tanto pesaba sobre
él una exigencia de pura potencia. Admitir la castración es poder reconocer en
el hombre el límite que lo constituye, ser dócil a su fantasma que difiere
tantísimo de ser obediente. La docilidad al hombre es efecto del deseo, la
obediencia es sucedánea del superyó.
Carolina Rovere- Sergio Zabalza “Cuando una preciosa se hace bella” en La
palabra que falta es Una mujer”, Buenos Aires, Letra Viva, 2013; P. 24
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