Señores: Tengo la impresión de que no he logrado convencerlos suficientemente de la importancia de las perversiones para nuestra concepción de la sexualidad. Por eso procuraré, hasta donde me sea posible, mejorar y complementar mi exposición. No es que las perversiones solas nos compelieran a introducir en el concepto de sexualidad esa modificación que nos atrajo un disenso tan violento. Todavía más contribuyó a ello el estudio de la sexualidad infantil, y la concordancia de ambas cosas fue decisiva para nosotros. Pero las exteriorizaciones de la sexualidad infantil, por inequívocas que puedan ser en los últimos años de la infancia, parecen al comienzo perderse en lo indeterminable. Quien no quiera tomar en cuenta la historia evolutiva ni el contexto analítico, les impugnará su carácter sexual y, a cambio, les atribuirá un carácter indiferenciado cualquiera. Recuerden que por ahora no poseemos una señal universalmente admitida que permita determinar la naturaleza sexual de un proceso, a menos que otra vez recurramos a su vínculo con la función de reproducción, que tenemos que rechazar por demasiado mezquino.
Los criterios biológicos, como las periodicidades de 23 y 28 días establecidas por W. Fliess [1906], son todavía enteramente cuestionables; las propiedades químicas de los procesos sexuales, cuya existencia estamos autorizados a sospechar, esperan aún ser descubiertas. En cambio, las perversiones sexuales de los adultos son algo aprehensible e inequívoco. Como ya lo prueba el nombre que se les da, universalmente admitido, pertenecen sin lugar a dudas a la sexualidad. Puede llamárselos signos degenerativos o de otro modo, pero nadie ha osado sostener que no son fenómenos de la vida sexual. Ellos nos autorizan a formular este aserto: sexualidad y reproducción no coinciden; en efecto, es evidente que todos ellos desmienten la meta de la reproducción. Veo ahí un paralelismo que no deja de ser interesante. Mientras que para la mayoría «conciente» y «psíquico» es lo mismo, nosotros nos vimos precisados a ampliar este último concepto y a admitir algo psíquico que no es conciente. Y sucede algo muy parecido cuando otros declaran idénticos «sexual» y «perteneciente a la reproducción» -o, si quieren decirlo más brevemente, «genital»-, mientras que nosotros debemos admitir algo «sexual» que no es «genital» ni tiene nada que ver con la reproducción. Esta es sólo una semejanza formal, pero que tiene una base más profunda (conferencia 21)
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