Nuestro inconsciente es tan inaccesible a la idea de
la muerte propia, tan sanguinario contra los extraños y tan ambivalente en
cuanto a las personas queridas, como lo fue el hombre primordial. ¡Pero cuánto
nos hemos alejado de este estado primitivo en nuestra actitud cultural y
convencional ante la muerte! No es difícil determinar la actuación de la guerra
sobre esta dicotomía. Nos despoja de las superposiciones posteriores de la
civilización y deja de nuevo al descubierto al hombre primitivo que en nosotros
alienta. Nos obliga de nuevo a ser héroes que no pueden creer en su propia
muerte; presenta a los extraños como enemigos a los que debemos dar o desear la
muerte, y nos aconseja sobreponernos a la muerte de las personas queridas. Pero
acabar con la guerra es imposible; mientras las condiciones de existencia de
los pueblos sean tan distintas, y tan violentas las repulsiones entre ellos,
tendrá que haber guerras. Y entonces surge la interrogación. ¿No deberemos
acaso ser nosotros los que cedamos y nos adaptemos a ella? ¿No habremos de
confesar que con nuestra actitud civilizada ante la muerte nos hemos elevado
una vez más muy por encima de nuestra condición y deberemos, por tanto,
renunciar a la mentira y declarar la verdad? ¿No sería mejor dar a la muerte,
en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar
volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta
ahora hemos reprimido tan cuidadosamente?
Esto no parece constituir un
progreso, sino más bien, en algunos aspectos, una regresión; pero ofrece la
ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la
vida. Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los
vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando nos lo estorba. Recordamos la
antigua sentencia si vis pacem, para bellum. Si quieres conservar la paz,
prepárate para la guerra. Sería de actualidad modificarlo así: si vis vitam,
para morten. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.
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