jueves, 20 de marzo de 2014
Todo es poesia
La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas. Sigmund Freud
lunes, 17 de febrero de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
La respuesta de Freud
“Estimado señor Einstein:
Cuando me enteré de que usted se proponía invitarme a cambiar ideas sobre un tema que ocupaba su interés y que también le parecía ser digno del ajeno, manifesté complacido mi aprobación. Sin embargo, esperaba que usted elegiría un problema próximo a los límites de nuestro actual conocimiento, un problema ante el que cada uno de nosotros, el físico como el psicólogo, pudiera labrarse un acceso especial, de modo que, acudiendo de distintas procedencias, se encontrasen en un mismo terreno. En tal expectativa, me sorprendió su pregunta: ¿Qué podría hacerse para evitar a los hombres el destino de la guerra? Al principio quedé asustado bajo la impresión de mi –casi hubiera dicho: “de nuestra”– incompetencia, pues aquella parecíame una terca práctica que corresponde a los hombres de Estado. Pero luego comprendí que usted no planteaba la pregunta en tanto que investigador de la naturaleza y físico, sino como amigo de la Humanidad, respondiendo a la invitación de la Liga de las Naciones, a la manera de Fridtjof Nansen, el explorador del Ártico que tomó a su cargo la asistencia de las masas hambrientas y de las víctimas refugiadas de la Guerra Mundial. Además, reflexioné que no se me pedía la formulación de propuestas prácticas, sino que solo había de bosquejar cómo se presenta a la consideración psicológica el problema de prevenir las guerras. (...)
Vemos, por consiguiente, que hasta dentro de una misma colectividad no se puede evitar la solución violenta de los conflictos de intereses. Sin embargo, las necesidades y los fines comunes que resultan de la convivencia en el mismo terreno favorecen la terminación rápida de esas luchas, de modo que en estas condiciones aumenta sin cesar la probabilidad de que se recurra a medios pacíficos para resolver los conflictos. Pero una ojeada a la Historia de la Humanidad nos muestra una serie ininterrumpida de conflictos entre una comunidad y otra u otras, entre conglomerados mayores o menores, entre ciudades, comarcas, tribus, pueblos, Estados; conflictos que casi invariablemente fueron decididos por el cotejo bélico de las respectivas fuerzas. Semejantes guerras terminan, ya en el saqueo, ya en el completo sometimiento y en la conquista de una de las partes contendientes. No es lícito juzgar con el mismo criterio todas las guerras de conquista. Algunas, como las de los mogoles y de los turcos, solo llevaron a calamidades; otras, en cambio, a la conversión de la violencia en el derecho, al establecimiento de entes mayores, en cuyo seno quedó eliminada la posibilidad del despliegue de fuerzas, solucionándose los conflictos mediante un nuevo orden legal. Así, las conquistas de los romanos legaron la preciosa pax romana a los pueblos mediterráneos. Las tendencias expansivas de los reyes franceses crearon una Francia pacíficamente unida y próspera. Aunque parezca paradójico, es preciso reconocer que la guerra bien podría ser un recurso apropiado para establecer la anhelada paz “eterna”, ya que es capaz de crear unidades tan grandes que una fuerte potencia alojada en su seno haría imposibles nuevas guerras. Pero en realidad la guerra no sirve para este fin, pues los éxitos de la conquista no suelen ser duraderos; las nuevas unidades generalmente vuelven a desmembrarse a causa de la escasa coherencia entre las partes unidas por la fuerza. Además, hasta ahora la conquista solo pudo crear uniones incompletas, aunque amplias, cuyos conflictos interiores favorecieron aún más las decisiones violentas. Así, todos los esfuerzos bélicos solo llevaron a que la Humanidad trocara numerosas y aun continuadas guerras pequeñas por conflagraciones menos frecuentes, pero tanto más devastadoras.
Aplicando mis reflexiones a las circunstancias actuales, llego al mismo resultado que usted alcanzó por una vía más corta. Solo es posible impedir con seguridad las guerras si los hombres se ponen de acuerdo en establecer un poder central, al cual se le conferiría la solución de todos los conflictos de intereses. Esta formulación involucra, sin duda, dos condiciones: la de que sea creada semejante instancia superior, y la de que se le confiera un poderío suficiente. Cualquiera de las dos, por sí sola, no bastaría. Ahora bien: la Liga de las Naciones fue proyectada como una instancia de esta especie, pero no se realizó la segunda condición: no posee poderío autónomo, y únicamente lo obtendría si los miembros de la nueva unidad, los distintos Estados, se la confiriesen. No hay duda que actualmente son muy escasas las probabilidades de que tal cosa suceda. Con todo, se juzgaría mal a la institución de la Liga de las Naciones si no se reconociera que nos encontramos ante un ensayo pocas veces emprendido en la Historia de la Humanidad y quizá jamás intentado en semejante escala. Se trata de una tentativa para ganar, mediante la invocación de ciertas posiciones ideales, la autoridad –es decir, el poder de influir perentoriamente– que en general se desprende del poderío. Hemos visto que una comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: el imperio de la violencia y los lazos afectivos –técnicamente los llamamos “identificaciones”– que ligan a sus miembros. Desapareciendo uno de aquellos, el otro podrá posiblemente mantener unida a la comunidad. Desde luego, las mencionadas ideas solo poseen trascendencia si expresan importantes intereses comunes a todos los individuos. Cabe preguntarse entonces cuál será su fuerza. La Historia nos enseña que pudieron ejercer, en efecto, considerable influencia. Así, por ejemplo, la idea panhelénica, la consciencia de ser superiores a los bárbaros vecinos, idea tan poderosamente expresada en las anfictionías, en los oráculos y en los juegos festivos, fue suficientemente fuerte como para suavizar las costumbres guerreras de los griegos, pero no alcanzó a impedir los conflictos bélicos entre las unidades del pueblo heleno y, lo que es más, tampoco pudo evitar que una ciudad o confederación de ciudades se aliara con el poderoso enemigo persa en perjuicio de un rival. Análogamente, el sentimiento de la comunidad cristiana, sin duda alguna poderoso, no tuvo fuerza suficiente para impedir que durante el Renacimiento pequeños y grandes Estados cristianos solicitaran en sus guerras mutuas el auxilio del Sultán. Tampoco en nuestra época existe una idea a la cual pudiera atribuirse semejante autoridad unificadora. El hecho de que actualmente los ideales nacionales que dominan a los pueblos conducen a un efecto contrario, es demasiado evidente. Ciertas personas predicen que solo la aplicación general de la ideología bolchevique podría poner fin a la guerra, pero seguramente aún nos encontramos hoy muy alejados de este objetivo, y quizá solo podríamos alcanzarlo a través de una terrible guerra civil. Por consiguiente, parece que la tentativa de sustituir el poderío real por el poderío de las ideas está condenada por el momento al fracaso. Se hace un cálculo errado si no se tiene en cuenta que el derecho fue originalmente fuerza bruta y que aún no puede renunciar al apoyo de la fuerza.
Puedo pasar ahora a glosar otra de sus proposiciones. Usted expresa su asombro por el hecho de que sea tan fácil entusiasmar a los hombres para la guerra, y sospecha que algo, un instinto del odio y de la destrucción, obra en ellos facilitando ese enardecimiento. Una vez más, no puedo sino compartir sin restricciones su opinión. Nosotros creemos en la existencia de semejante instinto, y precisamente durante los últimos años hemos tratado de estudiar sus manifestaciones. Permítame usted que exponga por ello una parte de la teoría de los instintos a la que hemos llegado en el psicoanálisis después de muchos tanteos y vacilaciones. Nosotros aceptamos que los instintos de los hombres no pertenecen más que a dos categorías: o bien son aquellos que tienden a conservar y a unir –los denominamos “eróticos”, completamente en el sentido del Eros del Symposion platónico, o “sexuales”, ampliando deliberadamente el concepto popular de la sexualidad–, o bien son los instintos que tienden a destruir y a matar: los comprendemos en los términos “instintos de agresión” o “de destrucción”. Como usted advierte, no se trata más que de una transfiguración teórica de la antítesis entre el amor y el odio, universalmente conocida y quizá relacionada primordialmente con aquella otra, entre atracción y repulsión, que desempeña un papel tan importante en el terreno de su ciencia. Llegados aquí, no nos apresuremos a introducir los conceptos estimativos de “bueno” y “malo”. Uno cualquiera de estos instintos es tan imprescindible como el otro, y de su acción conjunta y antagónica surgen las manifestaciones de la vida. Ahora bien: parece que casi nunca puede actuar aisladamente un instinto perteneciente a una de estas especies, pues siempre aparece ligado –como decimos nosotros “fusionado”– con cierto componente originario del otro que modifica su fin y que en ciertas circunstancias es el requisito ineludible para que este fin pueda ser alcanzado. Así, el instinto de conservación, por ejemplo, sin duda es de índole erótica, pero justamente él precisa disponer de la agresión para efectuar su propósito. Análogamente, el instinto del amor objetal necesita un complemento del instinto de posesión para lograr apoderarse de su objeto. La dificultad para aislar en sus manifestaciones ambas clases de instintos es la que durante tanto tiempo nos impidió reconocer su existencia.
Si usted está dispuesto a acompañarme otro trecho en mi camino, se enterará de que los actos humanos aún presentan otra complicación de índole distinta a la anterior. Es sumamente raro que un acto sea obra de una única tendencia instintiva, que por otra parte ya debe estar constituida en sí misma por Eros y destrucción. Por el contrario, generalmente es preciso que coincidan varios motivos de estructura análoga para que la acción sea posible. Uno de sus colegas de usted, un cierto profesor G. Ch. Lichtenberg, que en los tiempos de nuestros clásicos enseñaba física en Göttingen, ya lo sabía, quizá porque era aún más eximio psicólogo que físico. Inventó la “rosa de los móviles”, al escribir: “Los móviles de los actos humanos pueden disponerse como los 32 rumbos de la rosa náutica, y sus nombres se forman de manera análoga; por ejemplo: “pan-pan-gloria, o gloria-gloria-pan”. Por consiguiente, cuando los hombres son incitados a la guerra habrá en ellos gran número de motivos –nobles o bajos, de aquellos que se suele ocultar y de aquellos que no hay reparo en expresar– que responderán afirmativamente; pero no nos proponemos revelarlos todos aquí. Seguramente se encuentra entre ellos el placer de la agresión y de la destrucción: innumerables crueldades de la Historia y de la vida diaria destacan su existencia y su poderío. La fusión de estas tendencias destructivas con otras eróticas e ideales facilita, naturalmente, su satisfacción. A veces, cuando oímos hablar de los horrores de la Historia, nos parece que las motivaciones ideales solo sirvieron de pretexto para los afanes destructivos; en otras ocasiones, por ejemplo frente a las crueldades de la Santa Inquisición, opinamos que los motivos ideales han predominado en la consciencia, suministrándoles los destructivos un refuerzo inconsciente. Ambos mecanismos son posibles.
Temo abusar de su interés, embargado por la prevención de la guerra y no por nuestras teorías. Con todo, quisiera detenerme un instante más en nuestro instinto de destrucción, cuya popularidad de ningún modo corre pareja con su importancia. Sucede que mediante cierto despliegue de especulación hemos llegado a concebir que este instinto obra en todo ser viviente, ocasionando la tendencia de llevarlo a su desintegración, de reducir la vida al estado de la materia inanimada. Merece, pues, en todo sentido la designación de instinto de muerte, mientras que los instintos eróticos representan las tendencias hacia la vida. El instinto de muerte se torna instinto de destrucción cuando, con la ayuda de órganos especiales, es dirigido hacia afuera, hacia los objetos. El ser viviente protege en cierta manera su propia vida destruyendo la vida ajena. Pero una parte del instinto de muerte se mantiene activa en el interior del ser; hemos tratado de explicar gran número de fenómenos normales y patológicos mediante esta interiorización del instinto de destrucción. Hasta hemos cometido la herejía de atribuir el origen de nuestra conciencia moral a tal orientación interior de la agresión. Como usted advierte, el hecho de que este proceso adquiera excesiva magnitud es motivo para preocuparnos; sería directamente nocivo para la salud, mientras que la orientación de dichas energías instintivas hacia la destrucción en el mundo exterior alivia al ser viviente, debe producirle un beneficio. Sirva esto como excusa biológica de todas las tendencias malignas y peligrosas contra las cuales luchamos. No dejemos de reconocer que son más afines a la Naturaleza que nuestra resistencia contra ellas, la cual por otra parte también es preciso explicar. Quizá haya adquirido usted la impresión de que nuestras teorías forman una suerte de mitología, y si así fuese, ni siquiera sería una mitología grata. Pero, ¿acaso no se orientan todas las ciencias de la Naturaleza hacia una mitología de esta clase? ¿Acaso se encuentra usted hoy en la física en distinta situación?
De lo que antecede derivamos para nuestros fines inmediatos la conclusión de que serán inútiles los propósitos para eliminar las tendencias agresivas del hombre. Dicen que en regiones muy felices de la Tierra, donde la Naturaleza ofrece pródigamente cuanto el hombre necesita para su subsistencia, existen pueblos cuya vida transcurre pacíficamente, entre los cuales se desconoce la fuerza y la agresión. Apenas puedo creerlo, y me gustaría averiguar algo más sobre esos seres dichosos. También los bolcheviques esperan que podrán eliminar la agresión humana asegurando la satisfacción de las necesidades materiales y estableciendo la igualdad entre los miembros de la comunidad. Yo creo que eso es una ilusión. Por ahora están concienzudamente armados y mantienen unidos a sus partidarios, en medida no escasa, por el odio contra todos los ajenos. Por otra parte, como usted mismo advierte, no se trata de eliminar del todo las tendencias agresivas humanas; se puede intentar desviarlas, al punto que no necesiten buscar su expresión en la guerra.
Partiendo de nuestra mitológica teoría de los instintos, hallamos fácilmente una fórmula que contenga los medios indirectos para combatir la guerra. Si la disposición a la guerra es un producto del instinto de destrucción, lo más fácil será apelar al antagonista de ese instinto: al Eros. Todo lo que establezca vínculos afectivos entre los hombres debe actuar contra la guerra. Estos vínculos pueden ser de dos clases. Primero, los lazos análogos a los que nos ligan a los objetos del amor, aunque desprovistos de fines sexuales. El psicoanálisis no precisa avergonzarse de hablar aquí de amor, pues la religión dice también “ama al prójimo como a ti mismo”. Esto es fácil exigirlo, pero difícil cumplirlo. La otra forma de vinculación afectiva es la que se realiza por identificación. Cuando establece importantes elementos comunes entre los hombres, despierta tales sentimientos de comunidad, identificaciones. Sobre ellas se funda en gran parte la estructura de la sociedad humana.
Usted se lamenta de los abusos de la autoridad, y eso me suministra una segunda indicación para la lucha indirecta contra la tendencia a la guerra. El hecho de que los hombres se dividan en dirigentes y dirigidos es una expresión de su desigualdad innata e irremediable. Los subordinados forman la inmensa mayoría, necesitan una autoridad que adopte para ellos las decisiones, a las cuales en general se someten incondicionalmente. Debería añadirse aquí que es preciso poner mayor empeño en educar una capa superior de hombres dotados de pensamiento independiente, inaccesibles a la intimidación, que breguen por la verdad y a los cuales corresponda la dirección de las masas dependientes. No es preciso demostrar que los abusos de los poderes del Estado y la censura del pensamiento por la Iglesia, de ningún modo pueden favorecer esta educación. La situación ideal sería, naturalmente, la de una comunidad de hombres que hubieran sometido su vida instintiva a la dictadura de la razón. Ninguna otra cosa podría llevar a una unidad tan completa y resistente de los hombres, aunque se renunciara a los lazos afectivos entre ellos. Pero con toda probabilidad esto es una esperanza utópica. Los restantes caminos para evitar indirectamente la guerra son por cierto más accesibles, pero en cambio no prometen un resultado inmediato. Es difícil pensar en molinos que muelen tan despacio que uno se moriría de hambre antes de tener harina.
(....) la guerra destruye vidas humanas llenas de esperanzas; coloca al individuo en situaciones denigrantes; lo obliga a matar a otros, cosa que no quiere hacer; destruye costosos valores materiales, productos del trabajo humano, y mucho más. Además, la guerra en su forma actual ya no ofrece oportunidad para cumplir el antiguo ideal heroico y una guerra futura implicaría la eliminación de uno o quizá de ambos enemigos debido al perfeccionamiento de los medios de destrucción. Todo eso es verdad y parece tan innegable que uno se asombra al observar que las guerras aún no han sido condenadas por el consejo general de todos los hombres. Sin embargo, es posible discutir algunos de estos puntos. Se podría preguntar si la comunidad no tiene también un derecho a la vida del individuo; además, no se pueden condenar todas las clases de guerras en igual medida; finalmente, mientras existan Estados y naciones que estén dispuestos a la destrucción inescrupulosa de otros, estos otros deberán estar preparados para la guerra. Pero dejaré rápidamente estos temas, pues no es esta la discusión a la cual usted me ha invitado. Quiero dirigirme a otra meta: creo que la causa principal por la que nos alzamos contra la guerra es la de que no podemos hacer otra cosa. Somos pacifistas porque por razones orgánicas debemos serlo. Entonces nos resulta fácil fundar nuestra posición sobre argumentos intelectuales.
(...) Ahora bien: las actitudes psíquicas que nos han sido impuestas por el proceso de la cultura son negadas por la guerra en la más violenta forma y por eso nos alzamos contra la guerra: simplemente, no la soportamos más, y no se trata aquí de una aversión intelectual y afectiva, sino que en nosotros, los pacifistas, se agita una intolerancia constitucional, por así decirlo, una idiosincrasia magnificada al máximo. Y parecería que el rebajamiento estético implícito en la guerra contribuye a nuestra rebelión en grado no menor que sus crueldades.
¿Cuánto deberemos esperar hasta que también los demás se tornen pacifistas? Es difícil decirlo, pero quizá no sea una esperanza utópica la de que la influencia de estos dos factores –la actitud cultural y el fundado temor a las consecuencias de la guerra futura– pongan fin a los conflictos bélicos en el curso de un plazo limitado. Nos es imposible adivinar a través de qué caminos o rodeos se logrará este fin. Por ahora solo podemos decirnos: todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra.
Lo saludo cordialmente y le ruego me perdone si mi exposición lo ha defraudado. Suyo. Sigmund Freud”.
CORRESPONDENCIA ENTRE EINSTEIN Y FREUD
“Estimado profesor
Freud:
La
propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación
Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un
franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me
brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal
como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que
la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para
evitar a la humanidad los estragos de la guerra? Es bien sabido que, con el
avance de la ciencia moderna, este ha pasado a ser un asunto de vida o muerte
para la civilización tal cual la conocemos; sin embargo, pese al empeño que se
ha puesto, todo intento de darle solución ha terminado en un lamentable
fracaso.
Creo,
además, que aquellos que tienen por deber abordar profesional y prácticamente
el problema no hacen sino percatarse cada vez más de su impotencia para ello, y
albergan ahora un intenso anhelo de conocer las opiniones de quienes,
absorbidos en el quehacer científico, pueden ver los problemas del mundo con la
perspectiva que la distancia ofrece. En lo que a mí atañe, el objetivo normal
de mi pensamiento no me hace penetrar las oscuridades de la voluntad y el
sentimiento humanos. Así pues, en la indagación que ahora se nos ha propuesto,
poco puedo hacer más allá de tratar de aclarar la cuestión y, despejando las
soluciones más obvias, permitir que usted ilumine el problema con la luz de su
vasto saber acerca de la vida pulsional del hombre. Hay ciertos obstáculos
psicológicos cuya presencia puede borrosamente vislumbrar un lego en las
ciencias del alma, pero cuyas interrelaciones y vicisitudes es incapaz de
imaginar; estoy seguro de que usted podrá sugerir métodos educativos, más o
menos ajenos al ámbito de la política, para eliminar esos obstáculos.
Siendo
inmune a las inclinaciones nacionalistas, veo personalmente una manera siempre
de tratar el aspecto superficial (o sea, administrativo) del problema: la
creación, con el consenso internacional, de un cuerpo legislativo y judicial
para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones. Cada nación
debería avenirse a respetar las órdenes emanadas de este cuerpo legislativo,
someter toda disputa a su decisión, aceptar sin reserva sus dictámenes y llevar
a cabo cualquier medida que el tribunal estimare necesaria para la ejecución de
sus decretos. Pero aquí, de entrada, me enfrento con una dificultad; un
tribunal es una institución humana que, en la medida en que el poder que posee
resulta insuficiente para hacer cumplir sus veredictos, es tanto más propenso a
que estos últimos sean desvirtuados por presión extrajudicial. Este es un hecho
que debemos tener en cuenta; el derecho y el poder van inevitablemente de la
mano, y las decisiones jurídicas se aproximan más a la justicia ideal que
demanda la comunidad (en cuyo nombre e interés se pronuncian dichos veredictos)
en tanto y en cuanto esta tenga un poder efectivo para exigir respeto a su
ideal jurídico. Pero en la actualidad estamos lejos de poseer una organización
supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e
imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos. Me veo llevado, de tal
modo, a mi primer axioma: el logro de seguridad internacional implica la
renuncia incondicional, en una cierta medida, de todas las naciones a su libertad
de acción, vale decir, a su soberanía, y está claro y fuera de toda duda que
ningún otro camino puede conducir a esa seguridad.
El
escaso éxito que tuvieron, pese a su evidente honestidad, todos los esfuerzos
realizados en la última década para alcanzar esta meta no deja lugar a dudas de
que hay en juego fuertes factores psicológicos que paralizan tales esfuerzos.
No hay que andar mucho para descubrir algunos de esos factores. El afán de
poder que caracteriza a la clase gobernante de todas las naciones es hostil a
cualquier limitación de la soberanía nacional. Esta hambre de poder político
suele medrar gracias a las actividades de otro grupo guiado por aspiraciones
puramente mercenarias, económicas. Pienso especialmente en este pequeño pero
resuelto grupo, activo en toda nación, compuesto de individuos que,
indiferentes a las consideraciones y moderaciones sociales, ven en la guerra,
en la fabricación y venta de armamentos, nada más que una ocasión para
favorecer sus intereses particulares y extender su autoridad personal.
Ahora
bien, reconocer este hecho obvio no es sino el primer paso hacia una
apreciación del actual estado de cosas. Otra cuestión se impone de inmediato:
¿Cómo es posible que esta pequeña camarilla someta al servicio de sus ambiciones
la voluntad de la mayoría, para la cual el estado de guerra representa pérdidas
y sufrimientos? (Al referirme a la mayoría, no excluyo a los soldados de todo
rango que han elegido la guerra como profesión en la creencia de que con su
servicio defienden los más altos intereses de la raza y de que el ataque es a
menudo el mejor método de defensa). Una respuesta evidente a esta pregunta
parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia
las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite
organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su
instrumento.
Sin
embargo, ni aun esta respuesta proporciona una solución completa. De ella surge
esta otra pregunta: ¿Cómo es que estos procedimientos lograr despertar en los
hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Solo hay
una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito de
odio y destrucción. En épocas normales esta pasión existe en estado latente, y
únicamente emerge en circunstancias inusuales; pero es relativamente sencillo
ponerla en juego y exaltarla hasta el poder de una psicosis colectiva. Aquí
radica, tal vez, el quid de todo el complejo de factores que estamos
considerando, un enigma que el experto en el conocimiento de las pulsiones
humanas puede resolver.
Y
así llegamos a nuestro último interrogante: ¿Es posible controlar la evolución
mental del hombre como para ponerlo a salvo de las psicosis del odio y la
destructividad? En modo alguno pienso aquí solamente en las llamadas “masas
iletradas”. La experiencia prueba que es más bien la llamada “intelectualidad”
la más proclive a estas desastrosas sugestiones colectivas, ya que el
intelectual no tiene contacto directo con la vida al desnudo, sino que se topa
con esta en su forma sintética más sencilla: sobre la página impresa.
Para
terminar: hasta ahora solo me he referido a las guerras entre naciones, a lo
que se conoce como conflictos internacionales. Pero sé muy bien que la pulsión
agresiva opera bajo otras formas y en otras circunstancias. (Pienso en las
guerras civiles, por ejemplo, que antaño se debían al fervor religioso, pero en
nuestros días a factores sociales; o, también, en la persecución de las
minorías raciales). No obstante, mi insistencia en la forma más típica, cruel y
extravagante de conflicto entre los hombres ha sido deliberada, pues en este
caso tenemos la mejor oportunidad de descubrir la manera y los medios de tornar
imposibles todos los conflictos armados.
Sé
que en sus escritos podemos hallar respuestas, explícitas o tácitas, a todos
los aspectos de este urgente y absorbente problema. Pero sería para todos
nosotros un gran servicio que usted expusiese el problema de la paz mundial a
la luz de sus descubrimientos más recientes, porque esa exposición podría muy
bien marcar el camino para nuevos y fructíferos modos de acción.
Muy
atentamente, Albert Einstein.”
"Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte."
Nuestro inconsciente es tan inaccesible a la idea de
la muerte propia, tan sanguinario contra los extraños y tan ambivalente en
cuanto a las personas queridas, como lo fue el hombre primordial. ¡Pero cuánto
nos hemos alejado de este estado primitivo en nuestra actitud cultural y
convencional ante la muerte! No es difícil determinar la actuación de la guerra
sobre esta dicotomía. Nos despoja de las superposiciones posteriores de la
civilización y deja de nuevo al descubierto al hombre primitivo que en nosotros
alienta. Nos obliga de nuevo a ser héroes que no pueden creer en su propia
muerte; presenta a los extraños como enemigos a los que debemos dar o desear la
muerte, y nos aconseja sobreponernos a la muerte de las personas queridas. Pero
acabar con la guerra es imposible; mientras las condiciones de existencia de
los pueblos sean tan distintas, y tan violentas las repulsiones entre ellos,
tendrá que haber guerras. Y entonces surge la interrogación. ¿No deberemos
acaso ser nosotros los que cedamos y nos adaptemos a ella? ¿No habremos de
confesar que con nuestra actitud civilizada ante la muerte nos hemos elevado
una vez más muy por encima de nuestra condición y deberemos, por tanto,
renunciar a la mentira y declarar la verdad? ¿No sería mejor dar a la muerte,
en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que le corresponde y dejar
volver a la superficie nuestra actitud inconsciente ante la muerte, que hasta
ahora hemos reprimido tan cuidadosamente?
Esto no parece constituir un
progreso, sino más bien, en algunos aspectos, una regresión; pero ofrece la
ventaja de tener más en cuenta la verdad y hacer de nuevo más soportable la
vida. Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de todos los
vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando nos lo estorba. Recordamos la
antigua sentencia si vis pacem, para bellum. Si quieres conservar la paz,
prepárate para la guerra. Sería de actualidad modificarlo así: si vis vitam,
para morten. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.
El porvenir...
Los deseos crean ilusiones, y aunque la satisfacción
del deseo como un medio para la creación no refuta la posibilidad de la verdad,
ciertamente no la demuestra, tampoco. El hecho de que existan tantas defensas
ilógicas de la religión debe significar que las creencias de muchas personas
son bastante inseguras. Las influencias científicas han comenzado a remplazar a
las ideas religiosas sobre cómo podemos aprender más acerca del funcionamiento
del mundo. Freud sugiere que aquellos sin otro punto de anclaje moral excepto
las leyes podrían ser peligrosos si algún otro ideal no toma el lugar de la
religión antes de que sea completamente desmantelada. Las prohibiciones contra
las matanzas, por ejemplo, siguen siendo buenas incluso si no proceden de dios.
Si las prohibiciones son entendidas como procedentes de los hombres, podrían
ser mejoradas más fácilmente que si proceden de lo divino.La religión es como
una neurosis cultural: los niños sufren la misma neurosis cuando aprenden a
reprimir sus instintos por su propio bien. Y Freud considera que los niños
brillantes permanecerán inquisitivos e inteligentes como adultos en lugar de
estandarizados si se les enseña el amor cívico y la razón científica en lugar
de la religión. Mientras Freud podría proponer una nueva ilusión para ser
adoctrinada y perpetuada, está seguro de que se conducirá a un estado en que la
ciencia pueda prevalecer. Y la ciencia no es una ilusión
Malestar cultural
El hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por con siguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. (..) La existencia de esta inclinación agresiva que podemos registrar en nosotros mismos y con derecho presuponemos en los demás es el factor que perturba nuestros vínculos con el prójimo y que compele ala cultura a realizar su gasto ( de energía). A raíz de esta hostilidad primaria y reciproca de los seres humanos , la sociedad culta se encuentra bajo permanente amenaza de disolución. (..) La cultura tiene que movilizarlo todo para poner limites a las pulsiones agresivas de los seres humanos (..) De ahí el recurso de métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida; de ahí ala limitación de la vida sexual y de ahí, también, el mandamiento ideal de amar al prójimo como así mismo, que en realidad efectiva solo se justifica por el hecho de que nada contraria mas a la naturaleza humana originaria. (..) pero la ley no alcanza a las exteriorizaciones mas cautelosas y refinadas de la agresión humana.
Es que Dios ha creado a imagen y semejanza de su propia perfección y no se quiere admitir cuan resulta conciliar la indiscutible existencia del mal (..) pueden pedirsele cuentas a Dios por la existencia del diablo, como por la del mal que el diablo corporiza.(..) Es aconsejable que cada quien haga una profunda reverencia, en lugar oportuno, ante la naturaleza profundamente ética del ser humano; eso lo ayuda a uno a ser bien visto por todos, y a que le disimulen muchos pecadillos
jueves, 9 de enero de 2014
Angustia neurotica
La angustia real es ante un peligro conocido, y la
angustia neurótica se da ante un peligro desconocido, emanado de un
instinto.
En el peligro conocido o real hay un aspecto afectivo (angustia) y uno protector (nos defendemos). Quizá el peligro instintivo también tenga estos dos componentes. La angustia puede llegar a paralizar la acción protectora.
A veces el peligro es conocido y real, pero sentimos una angustia desproporcionada frente a él: aquí se mezclan la angustia real y la neurótica.
El peligro proviene de nuestra impotencia, si no no tendríamos miedo: impotencia material en el peligro real, impotencia psíquica en el peligro instintivo. Estas impotencias se basan en experiencias anteriores realmente vividas. En síntesis: la situación peligrosa es la situación de impotencia, reconocida, recordada y esperada. La angustia es la reacción primitiva a la impotencia en el trauma, reacción que es luego reproducida, como señal de socorro, en la situación peligrosa. El yo, que ha sufrido pasivamente el trauma ahora lo repite en forma mitigada para poder controlarlo.
Entre peligro real exterior y peligro interno instintivo hay una íntima conexión: el peligro real, para ser tal, debe tener alguna significación para el yo, o sea debe haberse hecho interno. Y al revés: un peligro interno instintivo puede desembocar en un peligro externo (la satisfacción del instinto traería como consecuencia un peligro desde el exterior). (inhibición síntoma y angustia)
En el peligro conocido o real hay un aspecto afectivo (angustia) y uno protector (nos defendemos). Quizá el peligro instintivo también tenga estos dos componentes. La angustia puede llegar a paralizar la acción protectora.
A veces el peligro es conocido y real, pero sentimos una angustia desproporcionada frente a él: aquí se mezclan la angustia real y la neurótica.
El peligro proviene de nuestra impotencia, si no no tendríamos miedo: impotencia material en el peligro real, impotencia psíquica en el peligro instintivo. Estas impotencias se basan en experiencias anteriores realmente vividas. En síntesis: la situación peligrosa es la situación de impotencia, reconocida, recordada y esperada. La angustia es la reacción primitiva a la impotencia en el trauma, reacción que es luego reproducida, como señal de socorro, en la situación peligrosa. El yo, que ha sufrido pasivamente el trauma ahora lo repite en forma mitigada para poder controlarlo.
Entre peligro real exterior y peligro interno instintivo hay una íntima conexión: el peligro real, para ser tal, debe tener alguna significación para el yo, o sea debe haberse hecho interno. Y al revés: un peligro interno instintivo puede desembocar en un peligro externo (la satisfacción del instinto traería como consecuencia un peligro desde el exterior). (inhibición síntoma y angustia)
miércoles, 8 de enero de 2014
Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales
Señores: Tengo la impresión de que no he logrado convencerlos suficientemente de la importancia de las perversiones para nuestra concepción de la sexualidad. Por eso procuraré, hasta donde me sea posible, mejorar y complementar mi exposición. No es que las perversiones solas nos compelieran a introducir en el concepto de sexualidad esa modificación que nos atrajo un disenso tan violento. Todavía más contribuyó a ello el estudio de la sexualidad infantil, y la concordancia de ambas cosas fue decisiva para nosotros. Pero las exteriorizaciones de la sexualidad infantil, por inequívocas que puedan ser en los últimos años de la infancia, parecen al comienzo perderse en lo indeterminable. Quien no quiera tomar en cuenta la historia evolutiva ni el contexto analítico, les impugnará su carácter sexual y, a cambio, les atribuirá un carácter indiferenciado cualquiera. Recuerden que por ahora no poseemos una señal universalmente admitida que permita determinar la naturaleza sexual de un proceso, a menos que otra vez recurramos a su vínculo con la función de reproducción, que tenemos que rechazar por demasiado mezquino.
Los criterios biológicos, como las periodicidades de 23 y 28 días establecidas por W. Fliess [1906], son todavía enteramente cuestionables; las propiedades químicas de los procesos sexuales, cuya existencia estamos autorizados a sospechar, esperan aún ser descubiertas. En cambio, las perversiones sexuales de los adultos son algo aprehensible e inequívoco. Como ya lo prueba el nombre que se les da, universalmente admitido, pertenecen sin lugar a dudas a la sexualidad. Puede llamárselos signos degenerativos o de otro modo, pero nadie ha osado sostener que no son fenómenos de la vida sexual. Ellos nos autorizan a formular este aserto: sexualidad y reproducción no coinciden; en efecto, es evidente que todos ellos desmienten la meta de la reproducción. Veo ahí un paralelismo que no deja de ser interesante. Mientras que para la mayoría «conciente» y «psíquico» es lo mismo, nosotros nos vimos precisados a ampliar este último concepto y a admitir algo psíquico que no es conciente. Y sucede algo muy parecido cuando otros declaran idénticos «sexual» y «perteneciente a la reproducción» -o, si quieren decirlo más brevemente, «genital»-, mientras que nosotros debemos admitir algo «sexual» que no es «genital» ni tiene nada que ver con la reproducción. Esta es sólo una semejanza formal, pero que tiene una base más profunda (conferencia 21)
Los criterios biológicos, como las periodicidades de 23 y 28 días establecidas por W. Fliess [1906], son todavía enteramente cuestionables; las propiedades químicas de los procesos sexuales, cuya existencia estamos autorizados a sospechar, esperan aún ser descubiertas. En cambio, las perversiones sexuales de los adultos son algo aprehensible e inequívoco. Como ya lo prueba el nombre que se les da, universalmente admitido, pertenecen sin lugar a dudas a la sexualidad. Puede llamárselos signos degenerativos o de otro modo, pero nadie ha osado sostener que no son fenómenos de la vida sexual. Ellos nos autorizan a formular este aserto: sexualidad y reproducción no coinciden; en efecto, es evidente que todos ellos desmienten la meta de la reproducción. Veo ahí un paralelismo que no deja de ser interesante. Mientras que para la mayoría «conciente» y «psíquico» es lo mismo, nosotros nos vimos precisados a ampliar este último concepto y a admitir algo psíquico que no es conciente. Y sucede algo muy parecido cuando otros declaran idénticos «sexual» y «perteneciente a la reproducción» -o, si quieren decirlo más brevemente, «genital»-, mientras que nosotros debemos admitir algo «sexual» que no es «genital» ni tiene nada que ver con la reproducción. Esta es sólo una semejanza formal, pero que tiene una base más profunda (conferencia 21)
Fantasía y realidad, el arte
Un camino de regreso de la fantasía a la realidad, y es... el arte. Al comienzo, el artista es también un introvertido, y no está muy lejos de la neurosis. Es constreñido por necesidades pulsionales hiperintensas; querría conseguir honores, riqueza, fama y .el amor de las mujeres. Pero le faltan los medios para alcanzar estas satisfacciones. Por eso, como cualquier otro insatisfecho, se extraña de la realidad y trasfiere todo su interés,también su libido, a las formaciones de deseo de su vida fantaseada, desde las cuales se abre un camino que puede llevar a la neurosis. Tienen que conjugarse toda una serie de circunstancias para que no sea este el desenlace de su desarrollo; y es bien conocida la frecuencia con que justamente los artistas padecen de una inhibición parcial de su productividad, provocada por neurosis. Es probable que su constitución incluya una vigorosa facultad para la sublimación y una cierta flojera de las represiones decisivas para el conflicto.Ahora bien, he aquí el modo en que el artista encuentra el camino de regreso a la realidad. Por cierto, no es el único que lleva una vida fantaseada. El reino intermedio de la fantasía es admitido por acuerdo universal de los hombres, y todo desposeído espera hallar en él alivio y consuelo.Pero en los que no son artistas, la ganancia de placer extraída de las fuentes de la fantasía es muy restringida. La inflexibilidad de sus represiones los fuerza a contentarse con los mezquinos sueños diurnos que todavía son autorizados a devenir conscientes. Ahora bien, cuando alguien es un artista genuino, dispone de algo más. Se las ingenia, en primer lugar, para elaborar sus sueños diurnos de tal modo que pierdan lo que tienen de excesivamente personal y de chocante para los extraños, y para que estos puedan gozarlos también. Además, sabe atenuarlos hasta el punto en que no dejen traslucir fácilmente su proveniencia de las fuentes prohibidas. Por otro lado, posee la enigmática facultad de dar forma a un material determinado hasta que se convierta en copia fiel de la representación de su fantasía y, después, sabe anudar a esta figuración de su fantasía inconsciente una ganancia de placer tan grande que en virtud de ella las represiones son doblegadas y canceladas, al menos temporariamente. Y si puede obtener todo eso, posibilita que los otros extraigan a su vez consuelo y alivio de las fuentes de placer de su propio inconsciente, que se les habían hecho inaccesibles; así obtiene su agradecimiento y su admiración, y entonces alcanza por su fantasía lo que antes lograba sólo en ella: honor, poder, y el amor de las mujeres.
lunes, 6 de enero de 2014
Instancia intermedia
El yo tiene la posición parecida a la de un monarca constitucional sin cuya sanción nada puede convertirse en ley, pero que lo piensa mucho antes de interponer su veto a una propuesta del Parlamento.El yo quiere mediar entre el mundo y el ello, hacer que el ello obedezca al mundo y a través de sus propias acciones musculares hacer que el mundo haga justicia del deseo del ello. En verdad se comporta como el medico en una cura analítica, pues con su miramiento por el mundo real se recomienda al ello como objeto libidinal y quiere dirigir sobre si la libido del ello. No solo es auxiliador del ello, es también su siervo sumiso, que corteja el amor de su amo. Con su posición intermedia entre ello y realidad sucumbe con harta frecuencia a la tentación de hacerse adulador, oportunista y mentiroso, como un estadista que, aun teniendo una mejor intelección de las cosas, quiere seguir contando empero con el favor de la opinión publica. ( Los vasallajes del yo)
El mundo interior
Esta nueva instancia psíquica prosigue las funciones que habían ejercido aquellas personas ( los objetos abandonados) del mundo exterior; observa al yo, le da ordenes, lo juzga y lo amenaza con castigos, en un todo como los progenitores, cuyo lugar ha ocupado.Llamemos super yo a esa instancia. El super yo a menudo despliega una severidad para la que los progenitores reales no han dado el modelo. Y es notable también que no pida cuentas al yo solo a causa de sus acciones, sino de sus pensamientos y propósitos incumplidos, que parecen serle consabidos.Esto nos trae a la memoria que también el héroe de la saga de Edipo se siente culpable a causa de sus acciones, y se somete a un autocastigo, cuando la compulsión del oráculo debiera proclamarlo libre de culpa tanto a juicio nuestro como a juicio de el. De hecho el super yo es el heredero del complejo de Edipo. Por eso su hiperseveridad no responde a un arquetipo, sino que corresponde a la intensidad de la defensa gastada contra la tentación del complejo de edipo. Una vislumbre de esta relación de cosas yace sin duda en el fondo de lo que aseveran filósofos y creyentes , a saber, que el sentido moral no es instilado al hombre por la educación, ni lo adquirieron por la vida comunitaria, sino que les ha sido implantado desde un lugar mas elevado.
Un Pacto
El yo esta debilitado por el conflicto interior, y nosotros tenemos que acudir en su ayuda.Es como una guerra civil destinada a ser resuelta mediante el auxilio de un aliado de afuera. El medico analista y el yo debilitado del enfermo, apuntalamos en el mundo exterior objetivo (real) , deben formar bando contra los enemigos, las exigencias pulsionales del ello y las exigencias de la conciencia moral del super yo,. Celebramos un pacto. El yo enfermo nos promete la mas cabal sinceridad, o sea, la disposición sobre todo material que su percepción le brinde, y nosotros le aseguramos la mas estricta discreción y ponemos a su servicio nuestra experiencia en la interpretación del material influido por lo inconsciente. Nuestro saber debe remediar su no saber, debe devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones perdidas en la vida anímica. Este pacto consiste la situación analítica. Esto impresiona como si buscáramos la posición de un confesor profano. Pero la diferencia es grande, ya que no solo queremos oír de el lo que sabe y esconde a los demás, sino que debe referirnos también lo que no sabe.Con este propósito le damos definición mas precisa de lo que entendemos por sinceridad. Lo comprometemos a observar la regla fundamental del Psicoanálisis. ( La técnica psicoanalítica)
la censura onirica
Hay que ser humilde y dejar de lado buenamente las propias simpatías y antipatías cuando se pretende averiguar lo que en este mundo es real.Si un físico pudiera demostrarles que la vida orgánica de este planeta tiene que sufrir a corto plazo una parálisis total, ¿ se atreverían ustedes a oponerle : " eso no puede ser; esa perspectiva es demasiado desagradable"? Yo creo que ustedes se callaran hasta que venga otro físico y le demuestre al primero que cometió una falla en sus premisas o en sus cálculos. Si ustedes arrojan de si lo que les resulta desagradable mas bien repiten el mecanismo de la formación del sueño en vez de comprenderlo y vencerlo. No quiero hablar del modo en que les gustaría verse a si mismos pero; ¿ han hallado tanta benevolencia entre sus jefes y competidores, una conducta tan caballeresca en sus enemigos y tan poca envidia en quienes los rodean, que deban sentirse comprometidos a salir de fiadores de que no hay naturaleza humana una parte de maldad egoísta? ¿ No saben acaso, cuan desenfrenados y turbulentos son, en promedio, los hombres en todos los asuntos de la vida sexual? ¿ O ignoran que todos esos atentados y transgresiones con que soñamos por las noches son cometidos realmente todos los días por hombres despiertos, como crimines?¿Que hace aquí el psicoanálisis sino corroborar el viejo dicho de Platon, que los buenos son los que se conforman con soñar aquellos que los otros , los malos, hacen realmente.No es nuestro propósito poner en entredicho las aspiraciones nobles de la naturaleza humana, ni hemos hecho nada para despreciar su valor. Al contrario: no solo les muestro los deseos oníricos malos, censurados, sino también, la censura que los sofoca y los hace irreconocibles. Nos detenemos con mayor insistencia en la maldad del hombre solo porque los otros pretenden desmentirla, con la cual la vida anímica del hombre no se vuelve mejor, sino incompresible.
Fenómeno psíquico y resistencia
"En mis cuadernos de anotaciones había conservado gran cantidad de sueños propios que , por una razón cualquiera , solo había interpretado muy incompletamente o ni siquiera lo había hecho. Uno o dos años después intente interpretar algunos de ellos con el propósito de procurarme material para ilustrar mis tesis. Lo conseguí sin excepción; y hasta diría que habiendo trascurrido tanto tiempo la interpretación fue mas fácil que en el momento mismo, cuando los sueños eran aun vivencias frescas." (El olvido de los sueños) Sigmund Freud
domingo, 5 de enero de 2014
Lo femenino no tiene que ver con las mujeres ni con el feminismo
Ella necesita ubicar al hombre en el lugar de la excepción, entonces le da un
estatuto de omnipotencia y dice: “no hay otro igual, él es el mejor”, para luego
barrarlo, hacerlo impotente ante la mínima falla, y así concluir: “todos los
hombres son iguales”.
Lo
que la histérica desconoce en los hombres es su castración, ya que le pide cosas
imposibles. Un hombre no puede colmar totalmente a la mujer, porque la mujer es
No –toda. Barrar al hombre no es sinónimo de admitir su castración, todo lo
contrario. Barrar al hombre es denigrarlo, ridiculizarlo en tanto pesaba sobre
él una exigencia de pura potencia. Admitir la castración es poder reconocer en
el hombre el límite que lo constituye, ser dócil a su fantasma que difiere
tantísimo de ser obediente. La docilidad al hombre es efecto del deseo, la
obediencia es sucedánea del superyó.
Carolina Rovere- Sergio Zabalza “Cuando una preciosa se hace bella” en La
palabra que falta es Una mujer”, Buenos Aires, Letra Viva, 2013; P. 24
¿Cuándo Una mujer es bella?
Cuando puede inventar con ese vacío que la habita su propio estilo de ser mujer
y gozar allí. Para eso es necesario dar un valor preciado al goce femenino que
surge de ese vacío, saber hacer con eso. La posibilidad que tiene Una mujer de
lucir su belleza femenina no depende de la cara bonita, ni de su cuerpo, ni de
la edad que tenga: es imprescindible soltarse de los cánones anatómicos para
pasar a otra cosa.
Una
mujer bella es quien puede enlazar el goce femenino con el fálico en un
movimiento constante y distinto, cada situación de la vida requiere diferentes
modos de hacer.
Carolina Rovere- Sergio Zabalza “Cuando una preciosa se hace bella”
sábado, 21 de diciembre de 2013
El discurso capitalista y el ataque de pánico
Todo hecho necesita de un discurso que lo diga, pero también que el hecho sea significado según el discurso que lo dice o lee.
Todo discurso lógicamente se ve restringido a ciertas operaciones e imposibilitado para otras: disyunción lógica entre verdad y producción.
En la fórmula discursiva se ponen en relación los siguientes lugares:
agente otro o provocación elaboración
verdad producción evocación producción
Discurso del amo Discurso del capitalismo:
S1 S2 S S2
S a S1 a
Esta variación se produce por una reversión del lado izquierdo de la fórmula que queda alterado en sus términos y en su relación. En el discurso del amo, el sujeto queda determinado por la verdad, lo que se escribe S1 sobre S tachada. En cambio, en el discurso del capitalismo, el sujeto opera sobre el significante amo como verdad,esto quiere decir que el sujeto dirige la verdad, por eso este discurso supone el rechazo de la castración. Es una verdad dirigida,construida, desde el sujeto tachado que encubre con un significante amo su tachadura, o sea,encubre su pérdida. Esto trae consecuencias en las relaciones de los términos: Es el S1 como verdad lo que pone en trabajo al S2. Cuanto más se trabaja para recuperar la primer pérdida, más se pierde, pero más se trabaja: las plusvalías se acumulan. Se trata de poner a contar,totalizar, cotizar la plusvalía cumpliéndose con el objetivo del capitalismo. En este modo discursivo no se producen restricciones, hay circularidad discursiva. La absolutización del sujeto y del amo político plantean el problema del límite para el tirano moderno y lleva a la interrogación sobre la función del padre como límite al goce.
Las formas del ejercicio de la autoridad, del poder, se modernizaron con gran rapidez ydieron origen al “amo capitalista”.Consecuencia: El desastre de una sociedad destituida de cualquier autoridad ética sufriendo de los efectos sintomáticos de no poder librarse de una degradación mercantilista más que a través de la violencia
Todo discurso lógicamente se ve restringido a ciertas operaciones e imposibilitado para otras: disyunción lógica entre verdad y producción.
En la fórmula discursiva se ponen en relación los siguientes lugares:
agente otro o provocación elaboración
verdad producción evocación producción
Discurso del amo Discurso del capitalismo:
S1 S2 S S2
S a S1 a
Esta variación se produce por una reversión del lado izquierdo de la fórmula que queda alterado en sus términos y en su relación. En el discurso del amo, el sujeto queda determinado por la verdad, lo que se escribe S1 sobre S tachada. En cambio, en el discurso del capitalismo, el sujeto opera sobre el significante amo como verdad,esto quiere decir que el sujeto dirige la verdad, por eso este discurso supone el rechazo de la castración. Es una verdad dirigida,construida, desde el sujeto tachado que encubre con un significante amo su tachadura, o sea,encubre su pérdida. Esto trae consecuencias en las relaciones de los términos: Es el S1 como verdad lo que pone en trabajo al S2. Cuanto más se trabaja para recuperar la primer pérdida, más se pierde, pero más se trabaja: las plusvalías se acumulan. Se trata de poner a contar,totalizar, cotizar la plusvalía cumpliéndose con el objetivo del capitalismo. En este modo discursivo no se producen restricciones, hay circularidad discursiva. La absolutización del sujeto y del amo político plantean el problema del límite para el tirano moderno y lleva a la interrogación sobre la función del padre como límite al goce.
Las formas del ejercicio de la autoridad, del poder, se modernizaron con gran rapidez ydieron origen al “amo capitalista”.Consecuencia: El desastre de una sociedad destituida de cualquier autoridad ética sufriendo de los efectos sintomáticos de no poder librarse de una degradación mercantilista más que a través de la violencia
El discurso capitalista es un discurso en rechazo a la castración
El discurso capitalista es un discurso en rechazo a la castración. La perversión ínsita del capitalismo reside precisamente en un sistema social, un modo de dotar del pacto que suple el vacío central que es el hombre, de tal manera pervertido que su estructura
se resuelve en el ataque al vínculo social que lo instituye. Del capitalismo todos somos
víctimas.Su capacidad destructiva es extraordinaria. Entre modernidad y posmodernidad, se ha procesado una alquimia: pasaje de la creencia en el Otro a la querencia del Otro.
El horror de saber es contra el horror de la verdad de la castración
El discurso del capitalismo expresa una cultura que hace desaparecer al hombre
en su singularidad: construye su perversión para tratar de superar la imposibilidad de encontrar “el objeto perdido desde siempre” -nos referimos al objeto en su estatuto freudiano-.La ciencia,con su gran producción de objetos, anima este discurso que promueve tantos objetos que permite que el ojo se nutra con una cantidad jamás vista.Y en estas formas se enmascara la posición del goce que está difundido en estos objetos de la ciencia. Lo que produce es un “exceso de goce” Sólo el impacto que causan los síntomas sociales recuerdan a los habitantes del mundo globalizado que les queda un poco de humanidad, “aún”, y también de malestar en la cultura.Su decir es “no nos sentimos cómodos en la civilización del presente”. Este decir tiene un sujeto, que en nuestra consideración, puede animarse a hacerse presente bajo la figura de“ataque de pánico”.
La primer descripción realizada por Freud sobre crisis de pánico (1894), considera que estos estados pueden presentarse en forma de pavor, irrupciones, y ataques sin ser evocados por el decurso de las representaciones, acompañado de síntomas físicos neurovegetativos, y/o mezclarse con interpretaciones espontáneas relacionadas a la muerte. En una lectura freudiana pueden considerarse las descripciones sobre la angustia (Angst) como Angstanfall (ataque de miedo), (histeria de miedo), (irrupción de angustia). Tendremos en cuenta la hipótesis general: La idea de Angst se vincula a la concepción de descarga/salida de los estímulos acumulados. El sujeto,impedido de descargar su libido, sufre la acumulación de excitaciones y para lograr descargar éstas se transforman en síntomas (sudores, taquicardia, contracciones musculares, parestesias, etc).
También es interesante considerar que el exceso de es vivido por el sujeto
como algo avasalladorque lleva a un estado de miedo y desamparo: término que
expresa un estado próximo a la desesperación. Aún habiendo reformulado, en 1925,la teoría de la angustia, Freud mantiene la antigua hipótesis implicando al yo: “el yo anticipa la satisfacción de la moción pulsional y le permite reproducir las sensaciones de displacer (...)
así se pone en juego el automatismo del principio del placer-displacer”
En los “ataques de pánico” existe un sujeto que se queda sin recursos frente a su propia inermidad, abatido frente a la propia imprecisión de su malestar, pero denunciante de que el malestar existe, él es un testigo del “malestar de la cultura”. El ataque de pánico dice poco del sujeto como efecto del significante, del producto (que es el objeto) y del resultado (que es el síntoma). El pánico es homólogo a un decir sin tiempo y sin función sujeto. La omnipresencia del Otro en el discurso capitalista produce una falla en la constitución de la realidad psíquica que el pánico viene a revelar brutalmente: el sujeto quiere ser representado, quiere hacerse escuchar, aunque sea a precio de los costos y las costas del pánico, en donde la temporalidad de lo simbólico parece muy reducida. El sujeto se patentiza, se hace presente, busca su lugar, en “lo real del síntoma”.
se resuelve en el ataque al vínculo social que lo instituye. Del capitalismo todos somos
víctimas.Su capacidad destructiva es extraordinaria. Entre modernidad y posmodernidad, se ha procesado una alquimia: pasaje de la creencia en el Otro a la querencia del Otro.
El horror de saber es contra el horror de la verdad de la castración
El discurso del capitalismo expresa una cultura que hace desaparecer al hombre
en su singularidad: construye su perversión para tratar de superar la imposibilidad de encontrar “el objeto perdido desde siempre” -nos referimos al objeto en su estatuto freudiano-.La ciencia,con su gran producción de objetos, anima este discurso que promueve tantos objetos que permite que el ojo se nutra con una cantidad jamás vista.Y en estas formas se enmascara la posición del goce que está difundido en estos objetos de la ciencia. Lo que produce es un “exceso de goce” Sólo el impacto que causan los síntomas sociales recuerdan a los habitantes del mundo globalizado que les queda un poco de humanidad, “aún”, y también de malestar en la cultura.Su decir es “no nos sentimos cómodos en la civilización del presente”. Este decir tiene un sujeto, que en nuestra consideración, puede animarse a hacerse presente bajo la figura de“ataque de pánico”.
La primer descripción realizada por Freud sobre crisis de pánico (1894), considera que estos estados pueden presentarse en forma de pavor, irrupciones, y ataques sin ser evocados por el decurso de las representaciones, acompañado de síntomas físicos neurovegetativos, y/o mezclarse con interpretaciones espontáneas relacionadas a la muerte. En una lectura freudiana pueden considerarse las descripciones sobre la angustia (Angst) como Angstanfall (ataque de miedo), (histeria de miedo), (irrupción de angustia). Tendremos en cuenta la hipótesis general: La idea de Angst se vincula a la concepción de descarga/salida de los estímulos acumulados. El sujeto,impedido de descargar su libido, sufre la acumulación de excitaciones y para lograr descargar éstas se transforman en síntomas (sudores, taquicardia, contracciones musculares, parestesias, etc).
También es interesante considerar que el exceso de es vivido por el sujeto
como algo avasalladorque lleva a un estado de miedo y desamparo: término que
expresa un estado próximo a la desesperación. Aún habiendo reformulado, en 1925,la teoría de la angustia, Freud mantiene la antigua hipótesis implicando al yo: “el yo anticipa la satisfacción de la moción pulsional y le permite reproducir las sensaciones de displacer (...)
así se pone en juego el automatismo del principio del placer-displacer”
En los “ataques de pánico” existe un sujeto que se queda sin recursos frente a su propia inermidad, abatido frente a la propia imprecisión de su malestar, pero denunciante de que el malestar existe, él es un testigo del “malestar de la cultura”. El ataque de pánico dice poco del sujeto como efecto del significante, del producto (que es el objeto) y del resultado (que es el síntoma). El pánico es homólogo a un decir sin tiempo y sin función sujeto. La omnipresencia del Otro en el discurso capitalista produce una falla en la constitución de la realidad psíquica que el pánico viene a revelar brutalmente: el sujeto quiere ser representado, quiere hacerse escuchar, aunque sea a precio de los costos y las costas del pánico, en donde la temporalidad de lo simbólico parece muy reducida. El sujeto se patentiza, se hace presente, busca su lugar, en “lo real del síntoma”.
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